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Victorino Farga Cuesta, chileno por adopción. Crónica de un refugiado español

La Revista de la Sociedad Chilena de Enfermedades Respiratorias (SER) entregó un reconocimiento al Dr. Victorino Farga Cuesta por su permanente aporte como editor de la “Sección Tuberculosis”.
El fuerte vínculo que el Dr. Farga ha creado con SER lo motivó a escribir, describir y develar aspectos desconocidos de su vida. “Soy un inmigrante que ha tenido una vida bastante accidentada: he sobrevivido a dos revoluciones, he residido y trabajado en cuatro países distintos. Pero, en realidad, donde desarrollé la labor que más me enorgullece es en Chile”, detalla el experto del cual a continuación compartimos su imperdible historia:

Como fiel representante de los nacidos en el siglo XX me ha tocado una vida bastante agitada. Tengo la sensación de haber vivido siete existencias distintas, cada una de las cuales me habría llevado por caminos muy diferentes. Mi primera vida se inició en Barcelona, donde nací el 6 de Julio de 1927. Mi niñez estuvo marcada por la efervescencia política que caracterizó a España en esa época; primero la caída de la monarquía del rey Alfonso XIII y el inestable advenimiento de la Segunda República, y luego la Guerra Civil española, donde después de tres cruentos años de lucha entre hermanos (1936-1939), el General Francisco Franco encabezó una de las dictaduras más crueles del siglo XX.

Mi padre había sido mecánico del llamado “aparato de aviación” del Rey de España, quien probablemente ni siquiera lo conoció, y cuando estalló la revolución se alistó en las filas republicanas y peleó en ellas durante los tres años de la guerra. Así fue como gran parte de mi primera niñez la pasé solo con mi madre y mi hermano Rafael en nuestra residencia de las afueras de Barcelona, que estaba cerca de una fábrica de aviones, la “Hispano-Suiza”, por lo que estuvimos muy expuestos a los implacables bombardeos enemigos. De esa época llena de inseguridades y privaciones conservo el recuerdo de la masiva destrucción de la ciudad provocada por las bombas y de las largas estadías en los precarios, húmedos y helados refugios antiaéreos.

Un día de enero de 1939, estaba en la calle jugando a las bolitas, cuando apareció mi padre muy alterado, con varios milicianos, en un camión con un ala de avión gritando: “Vamos, nos vamos ahora! Los fascistas están a las puertas de Barcelona, hemos perdido la guerra!.” ¿Cuándo vamos a volver? pregunté inocentemente. “Nunca!” respondió (y por lo menos él cumplió su palabra). Mi madre cogió un cubrecamas con motivos persas, muy hermoso (que ahora tiene mi sobrina en Chile), puso en él alguna ropa casi al azar y partimos hacia la frontera con Francia.

La primera noche la pasamos durmiendo en el duro suelo de una Iglesia abandonada que estaba en el camino. El segundo día tuvimos que abandonar el camión y cruzar a pie, en un gélido mes de enero, con la misma ropa que llevábamos puesta, los nevados pirineos. Ya era de noche y empezó a llover. Ninguna de las escasas residencias de campesinos que encontramos en nuestro andar se atrevió a darnos abrigo, hasta que llegamos a una especie de bodega desocupada donde pasamos la noche, una de las noches más terribles que recuerdo, porque estábamos completamente mojados y los espacios eran tan estrechos que no se podía ni siquiera estirar las piernas.

Cuando a la mañana siguiente proseguimos la marcha nos detuvo un piquete de gendarmes franceses que nos estaba esperando. Separaron a los hombres de las mujeres. Los hombres fueron enviados a una especie de campo de concentración que esencialmente era una playa turística abandonada en invierno, llamada Argeles sur Mer, donde solo había arena y donde, como decía mi padre, “murieron como moscas” miles de refugiados españoles, de disentería, tifoidea, neumonía y tuberculosis. Los gendarmes quisieron llevarnos a mi hermano y a mí, junto con los hombres, lo que hubiera sido una muerte segura. Pero mi madre, con fiereza vasca, nos apretó contra su pecho y no hubo quien pudiera separarnos. Así es como nos fuimos con las mujeres a un campo de concentración más benigno, en el pueblecito de Ruelles, al sudoeste de Francia, cerca de la ciudad de Anguleme, donde permanecimos durante seis meses en lo que sería mi segunda vida.

Nos instalaron en unos galpones a las afueras del pueblo, donde dormíamos en el suelo sobre unos improvisados colchones de paja, pero al menos nos sentíamos protegidos de las inclemencias del invierno europeo y no pasábamos hambre. Paradójicamente, este resultó ser uno de los períodos más felices de mi vida. Fue como un renacimiento. En España había sido un niño aficionado a la lectura, tímido y retraído y de pronto, el mundo se abrió para mí. Estábamos encerrados y custodiados, aunque nadie pensara en huir, por un piquete de guardias senegaleses, enormes, de aspecto terrible: “Negros senegaleses, negros como el carbón, con los ojos amarillos, la madre que los parió”, cantábamos a sus espaldas, hasta que después de los primeros días ya les perdimos el miedo. El campo estaba cercado por unas alambradas con alambre de púas que se veían infranqueables. Los niños mayores pronto encontramos como esquivarlas, cavando unos huecos en la tierra, por debajo de los alambres. Nos sentíamos muy valientes y originales, pero con el pasar del tiempo, aunque seguíamos saliendo por los sitios prohibidos, ya no temíamos regresar de nuestros paseos pasando por la puerta principal, delante de los gendarmes, que hacían la vista gorda.

Yo salía todos los días del campo de concentración a recorrer el pueblo y sus alrededores y rápidamente aprendí a hablar francés y me hice de muchos amigos de todas las edades. Los campesinos franceses se mostraron muy generosos y nos hacían regalos, sobre todo de comida. Así que volvía con huevos, panes, almendras, quesos, etc. etc. que mi madre preparaba en una gran estufa que había cerca de nuestras camas. A mi hermano Rafael le daba asco la comida del campo de concentración, que venía en una olla común, así que a él le reservábamos la mayor parte de mis provisiones. Yo tenía 11 años, cumplí 12 en el campo, pero me sentía todo un proveedor y adquirí parte de la confianza que me faltaba en Barcelona y que tanto me ha servido después.

Y de repente, de la nada misma, llega una carta de mi padre que dice que hemos sido acogidos como refugiados españoles por Chile. No había oído hablar de ese país. Fui donde mi amigo campesino que ya tenía sus años y me llevó a una habitación llena de cachivaches, donde había un viejo mapa escolar y me dijo: “Le Chili…le Chili…voilá le Chili”. Y ahí apareció un país largo como un cordón, donde transcurriría la tercera parte de mi vida.

Sucedió que mi padre logró salir de su campo de concentración y llegar a París (esto es otra historia), donde consiguió ser inscrito en una lista de refugiados españoles que le había encomendado el presidente Pedro Aguirre Cerda a Pablo Neruda. Y así fue como en un día como cualquier otro, a través de la ventanilla del tren que nos llevaba a Burdeos, vi la figura inconfundible de mi padre que nos esperaba paseándose impacientemente por el andén de esta ciudad francesa. En el puerto nos esperaba, majestuoso, el vapor Winnipeg que decían había sido el barco más grande del mundo. En realidad era un navío de carga donde sólo cabían unos 300 pasajeros, pero tuvo que acomodar a cerca de 3000. Pablo Neruda lo había alquilado para rescatar a esos infelices refugiados de una España derrotada donde él había sido embajador y a la que tanto quería. En sus memorias cuenta que esta fue una de sus mejores empresas.

El viaje en el Winnipeg duró alrededor de un mes y daría para otra historia. La llegada de noche, el 2 de Setiembre de 1939 al puerto de la esperanza, Valparaíso, del que sólo se veían unas lucecitas suspendidas en los cerros, está grabada indeleble en mi alma. El día siguiente recibimos numerosas manifestaciones amistosas tanto en el puerto como en Santiago, a donde llegamos en tren ese mismo día. El arribo a la Estación Mapocho fue especialmente emocionante, incluyendo unos inesperados aplausos. Tanto la llegada a Valparaíso como posteriormente el enfrentamiento con la gloriosa primavera santiaguina, fue un auténtico shock cultural. Chile apareció ante mis ojos de niño como una verdadera copia feliz del Edén; había trabajo, había oportunidades y había una especie de optimismo en el aire, una sensación de libertad que no había conocido antes.

Llegamos a Chile “con lo puesto”. Mi padre empezó a trabajar como obrero, pero pronto se independizó. Para él no había horarios, ni fines de semana, ni días de fiesta, ni vacaciones. Mi madre puso una pensión, donde desarrolló sus condiciones de excelente cocinera durante los primeros años. Mi hermano y yo la ayudábamos haciendo las camas de los escasos huéspedes. A la semana de nuestra instalación en Santiago, un día paseando por la calle Recoleta mi madre vio un letrero que decía “Liceo”. Entramos y no podíamos creer lo fácil que fue matricularnos. Eran los tiempos del Frente Popular y nos sentimos muy bien recibidos, aunque no faltaron algunos periódicos que prevenían a la población contra todas las pestes que presumiblemente traíamos. Estudié en el Liceo Valentín Letelier todas mis humanidades, gracias al esfuerzo de mis padres y a la gratuidad de los colegios en esa época. La enseñanza era excelente, muy superior a la que tuvieron mis hijos en un famoso liceo muchos años más tarde. También gratuita fue la educación que recibí de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde obtuve mi título de médico en enero de 1953 y recibí el Premio Eduardo Moore “al mejor estudiante de medicina de la promoción 1952”.

En 1953 gané una beca primaria en la Cátedra de Medicina del Profesor Dr. Rodolfo Armas Cruz. Tuve el privilegio de trabajar con este gran maestro, primero como becado hasta 1955 y posteriormente en distintos cargos docentes hasta 1966. Durante mi beca hice una estadística de las causas de hospitalización más frecuentes en el Servicio de Medicina y constaté con sorpresa que las enfermedades respiratorias prevalecían sobre todas las demás y, aunque había distinguidos especialistas en todas las subespecialidades de la Medicina Interna, no existía ninguno dedicado a las enfermedades broncopulmonares, la patología más prevalente. (Esto podía explicarse por la preeminencia que tenía la Tisiología como ramo aparte en esa época). Decidí entonces dedicarme a esta especialidad y durante la beca creamos, junto con el Dr. Edgardo Carrasco, el Departamento Broncopulmonar dentro del Servicio de Medicina del Profesor Armas Cruz.

En 1955 obtuve dos becas para estudiar en Estados Unidos, la W. K. Kellogg del American College of Physicians y una beca de la Fundación Helen Wessel. Entre 1955 y 1957 permanecí como “Research Fellow” en el Respiratory Physiology Department, de la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, con el Profesor Julius H. Comroe, donde seguí durante un año un curso de post-grado, el “Medical Faculty Training Programe” y por un período estuve a cargo del Laboratorio de Función Pulmonar. También tuve la oportunidad de visitar algunos de los principales Servicios de Enfermedades Respiratorias y Laboratorios de Función Pulmonar de Estados Unidos. A mi vuelta a Chile, con la ayuda de una donación de la Fundación Rockefeller, con un grupo de entusiastas colaboradores montamos uno de los primeros laboratorios de Función Pulmonar del país; pero pronto nos encontramos que había un desafío más apremiante.

La situación de la tuberculosis en Chile durante la primera mitad del siglo pasado era dramática. La historia dice que en 1883 el 75% de los cadáveres autopsiados en el antiguo Hospital San Juan de Dios de Santiago tenían los estigmas de esta enfermedad. En verdad, Chile tenía la triste fama de mantener una de las más altas tasas de mortalidad por tuberculosis en el mundo. Con el advenimiento de las primeras drogas antituberculosas la situación mejoró dramáticamente, pero la curación de los enfermos seguía siendo problemática y empezaron a aparecer, inadvertidamente, los primeros casos de resistencia bacteriana a las drogas empleadas. Sin embargo, de ser el país con más alta prevalencia de tuberculosis de América Latina, en sólo unos decenios Chile es hoy uno de los países de más baja prevalencia de la enfermedad y se encamina a su eliminación como problema de Salud Pública a fines de este decenio.

Era la época de las llamadas Unidades Sanitarias, y dentro de nuestra área, estaba la Unidad Sanitaria Quinta Normal que había hecho notables investigaciones epidemiológicas en tuberculosis, pero que estaba en franca declinación. En ella funcionaba un Policlínico de Tuberculosis. Se nos propuso trasladar a los enfermos de ese policlínico a nuestro incipiente Departamento Broncopulmonar y, sin mayor reflexión, aceptamos. De un día para otro pasamos de estudiar la función respiratoria de unos pocos enfisematosos, a enfrentar el desafío de aprender y aplicar, a una legión de enfermos desfavorecidos, los modernos métodos de diagnóstico y tratamiento de la tuberculosis.

La oportunidad de recibir a los tuberculosos dentro de un Servicio de Medicina Interna hizo una gran diferencia. Muchos de los antiguos tisiólogos se aferraban al reposo en cama prolongado, al neumotórax terapéutico (de hecho yo alcancé a practicar algunos) y aún a la cirugía de la tuberculosis. Dentro de un Servicio de Medicina que se iba haciendo cada vez más experto en el manejo de los antibióticos, estuvimos en mejores condiciones de aprovechar las primeras asociaciones de medicamentos antituberculosos. Pero no teníamos camas donde hospitalizar a nuestros pobres pacientes. Este hecho infortunado resultó ser providencial. Organizamos una central ambulatoria que llamamos de Tratamiento Controlado, donde los enfermos iban a recibir diariamente sus medicamentos bajo estricta supervisión, frente a la mirada de auxiliares de enfermería especialmente entrenadas. Pronto pudimos demostrar que nuestros pacientes ambulatorios mejoraban en mayor proporción que aquellos que lograban internarse en hospitales o sanatorios donde no se usaba administrar el tratamiento bajo supervisión. Casi sin darnos cuenta habíamos descubierto lo que ahora mundialmente se denomina DOT, Direct Observed Treatment es decir Tratamiento bajo Observación Directa, según las siglas anglosajonas. Tenemos el orgullo de decir que Chile fue el primer país del mundo que empleó el tratamiento totalmente supervisado de la tuberculosis a escala nacional.

Eran los tiempos gloriosos del Servicio Nacional de Salud, la época dorada de la Salud Pública chilena, lo que facilitó la creación y florecimiento de un Programa Nacional de Control de la Tuberculosis moderno, que se anticipó muchas veces a las normativas de la Organización Mundial de la Salud. Poco a poco el país se pobló de una red de “Centrales de Tratamiento Controlado”, que es la única tecnología que asegura que los enfermos reciban el tratamiento prescrito, sin el riesgo de fracasar o de hacer alguna forma de monoterapia y desarrollar resistencia bacteriana a los medicamentos empleados.

Lo que empezó siendo un policlínico de dos horas semanales, anexo al Servicio de Cardiología del Hospital San Juan de Dios, fue progresando hasta transformarse en un centro con crecientes actividades asistenciales, docentes y de investigación, que llegó a ocupar una antigua casa de dos pisos, anexa al San Juan de Dios. Creo que estos han sido los años más fructíferos de mi vida. Con la inapreciable ayuda de mis colaboradores, entre los que destacaban los Drs. Edgardo Carrasco, Gladio Mena y Álvaro Yáñez, logramos integrar la Tisiología dentro de la Medicina Interna, contribuimos a la formación de una generación de especialistas, que tanta falta hacían, con una visión moderna de la nueva especialidad que llamamos Neumotisiología y apoyamos los inicios y el desarrollo del Programa Nacional de Control de la Tuberculosis del Ministerio de Salud.



Años después realizamos una serie de Investigaciones Cooperativas Controladas de Quimioterapia de la Tuberculosis, probablemente las primeras multicéntricas efectuadas en nuestro medio, que incluyeron a todos los Departamentos de Enfermedades Respiratorias de Santiago, en busca de los esquemas de tratamiento más eficaces, los que posteriormente fueron adoptados por el Ministerio de Salud como Esquemas Normados para su amplia aplicación en todo el país. Me siento orgulloso de haber contribuido a estos logros.

En 1959 el Profesor Benjamín Viel, Director de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, me nombró Profesor Auxiliar y me asignó la Cátedra Extraordinaria de Tisiología, que en esos años se extendía por todo un año académico. Tuve la oportunidad entonces de completar mi formación con una serie de becas: del British Council en el Cardio-Thoracic Institute del Brompton Hospital, de la Organización Panamericana de la Salud, en varios países de Europa, y de la Kellogg Foundation en los principales Departamentos de Educación Médica de Estados Unidos. Desde entonces mis actividades docentes en Chile y en el extranjero, no han cesado.

En 1966 fui elegido Profesor Titular de Neumotisiología por la antigua Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y me trasladé al Hospital del Tórax, donde me tocó la honrosa función de reemplazar al Profesor Héctor Orrego Puelma. Posteriormente gané dos concursos, primero el de jefe del Servicio de Tisiología del Hospital Sanatorio El Peral y después el de Jefe del Servicio de Medicina Respiratoria del Hospital del Tórax, donde la Universidad de Chile creó el “Instituto Nacional de Neumotisiología”, del cual fui su primer Director. Tuve la fortuna de atraer y contar con muy buenos becados y colaboradores entre los que no puedo dejar de mencionar a los Drs. Álvaro Undurraga, Enrique Fernández, Rodolfo Paredes, Maruja Vicencio, José Antonio del Solar, Patricio González, Manuel Oyarzún, Ricardo Sepúlveda, Alfredo Estrada, Adriana Vega, Mónica Hiriart, Bruni Abarzúa, Luis Soto, Alfonso Corradini, Leonel Madariaga, Patricio Zapata, Irene Zimmermann, Tomás Zamorano, Jaime Leyton, Carlos Matamala, Jaime Prenafeta, Patricio Godoy, Moisés Selman y Raúl Álvarez Valenzuela. Fueron años de febriles y muy fructíferas actividades. Con la formación de nuevas generaciones de especialistas y la implementación de nuevas técnicas diagnósticas, la especialidad siguió madurando y empezó a dar sus mejores frutos. En el Hospital del Tórax se vivía un período de cambios acelerados. Un día a la semana, los jueves por la noche, teníamos Reuniones Bibliográficas en mi casa, donde además resolvíamos los problemas de Chile y del mundo. Pero llegó el día que tuvimos que suspenderlas.

En el mes de enero de 1974 fui detenido por personal de Seguridad del Estado bajo la absurda acusación, hecha por un colega, de “organizar a los médicos del Hospital del Tórax para derribar la Junta de Gobierno”. El cargo era tanto más disparatado cuando soy totalmente independiente y nunca he participado en política. El Servicio de Medicina del Hospital tenía dos pisos de hospitalización y el Servicio de Cirugía Torácica uno. Los pisos llamados de Medicina sufrían por una angustiosa falta de camas, en tanto que el de Cirugía estaba siempre medio vacío. Yo propuse dedicar el segundo piso del hospital a Laboratorios de Diagnóstico, como había observado en una visita a la Mayo Clinic, y hacer un gran Servicio Médico-Quirúrgico en los otros dos pisos, donde se hospitalizarían indistintamente todos los pacientes médicos o quirúrgicos. La idea fue resistida por algunos que lograron frenarla con mi detención, pero he tenido la satisfacción de ver que posteriormente ha sido implementada por mis antiguos colaboradores en el actual Instituto Nacional del Tórax. A pesar de lo absurdo de la acusación, pasé en terrible sucesión por la tristemente famosa casa de la calle Londres 38, por el Regimiento de Tejas Verdes, el Estadio Chile, la Cárcel Pública y una vieja casa “ad hoc” de la calle Agustinas. He decido relatar con algún detalle, como una crónica más de nuestro tiempo, mi periplo de esos días.

El 2 enero de 1974 fui detenido en mi casa y transportado maniatado y con la vista vendada, en una especie de furgón cerrado, donde ya estaban otros dos colegas en iguales condiciones. Nos llevaron a una casa que después he sabido que era la de Londres 38 donde me amarraron a una silla y donde permanecí dos días sin comer ni beber, con sólo ocasionales visitas al servicio higiénico. Las horas pasaron lentas, sólo interrumpidas cada 15 minutos por el carillón de la vecina iglesia de San Francisco. Después de un breve interrogatorio, sin apremios, aunque escuchando los gritos desgarradores de los torturados en las piezas vecinas, fuimos arrojados a un camión con otros detenidos; luego de un largo recorrido nos metieron en unas cabañas de madera y pronto supimos que estábamos en el temible regimiento de Tejas Verdes.

Todas las mañanas llegaba un vehículo y se llevaba a un par de desventurados que volvían horas después desechos. A mí me tocó el último día; aún recuerdo en sueños el ruido premonitorio que hacía una rueda cuando se aproximaba a la cabaña. Me hicieron desnudarme y con los ojos vendados me acostaron en lo que pensé que podía ser un Potro. Me amarraron los brazos por encima de la cabeza, me fijaron un electrodo en los genitales y otro en la muñeca izquierda y me dieron golpes de corriente eléctrica hasta que se convencieron que no tenía nada que confesar. Fue particularmente angustiosa la conversación que tuve posteriormente a la sesión con el que hacía de jefe de los torturadores cuando me preguntaba insistentemente por mis hijas.

Nuevo viaje, esta vez de vuelta a Santiago. Y cuando ya creía que habían quedado satisfechos con mis declaraciones y me iban a liberar, me encontré depositado en el frio suelo del Estadio Chile, donde al menos me quitaron la venda de los ojos y pude gozar de una buena ducha helada. Ahí, por fin pudieron hacer contacto conmigo mis familiares, a los cuales hasta ese momento se les había negado toda información sobre mi destino. Además, pude relacionarme con muchos otros detenidos y oír algunas escalofriantes historias que alimentaban el torturador “caldo de cabeza”, es decir el rumiar incesante sobre lo que nos esperaba en un futuro inmediato. Hacía pocos días, allí habían asesinado al famoso canta-autor Víctor Jara y habían cambiado a un jefe militar, el que todas las noches sacaba a varios detenidos, por orden alfabético, para ser fusilados.

Cuando nuevamente creí que por fin me estaban liberando, me trasladaron a la Cárcel Pública, donde pasé los primeros siete días en una pequeña celda de aislamiento. Esta es una forma de castigo particularmente angustiante. Aunque estaba totalmente aislado del mundo exterior, mi hijo Víctor se las arregló para mandarme diariamente un racimo de uva envuelto en…una hoja de El Mercurio del día. Luego en una celda para dos nos apiñaron a seis detenidos fieles representantes de la sociedad de la época. Me tocó una litera elevada, lo que me hizo recordar que durante el viaje en el Winnipeg también debía trepar a la litera más alta. En la cárcel me sentía feliz: estando en un recinto oficial, por primera vez vi alejarse el peligro de muerte.

De pronto, con los pies cargados de grilletes, nos trasladaron a todos los médicos a una casona de la calle Agustinas con pretensiones de residencial. Después supimos que una organización médica de derechos humanos de Estados Unidos anunció su visita a Chile para supervisar el trato que estaban recibiendo los médicos por parte de La Junta de Gobierno, lo que mejoró considerablemente nuestra situación. Cuando por fin fui liberado y restituido a mis funciones, aunque con firma semanal para que no me hiciera muchas ilusiones, tuve que oír en silencio cómo el coronel a cargo me decía, con gran pesar: “No le hemos encontrado nada... Pero lo seguiremos investigando”.

Como siguieran las acusaciones anónimas, hube de emigrar por segunda vez. Tenía 3 oportunidades de trabajo, en Saskatchewan en Canadá, en la Universidad de Upsala en Suecia y la tercera en Estados Unidos. Elegí esta última, donde el Profesor Julius H. Comroe, mi antiguo maestro de la Universidad de Pennsylvania ahora en San Francisco, me contrató en enero de 1975 como “Associated Professor of Medicine” en el más prestigioso centro de investigaciones cardio- respiratorias de Estados Unidos, el “Cardiovascular Research Institute”, de la Universidad de California, donde permanecí durante un año y medio e inicié mi cuarta vida. Me enfrenté a un shock cultural terrible, pero sobreviví con la ayuda de un psiquiatra de origen judío que también había pasado lo suyo. Venía de un Chile desolado, en una época en que las revistas científicas eran cada vez menos accesibles entre nosotros y tuve que adaptarme al medio más exigente del mundo y a uno de los institutos de investigación más avanzados de Norte América. Mi principal función consistía en monitorizar la formación de becados tanto más informados que yo y pronto pude dirigir la Chest Clinic, donde tuve la oportunidad de introducir el concepto de “Médico de Choque” que tan útil había resultado en los Consultorios Externos del Departamento Broncopulmonar del Hospital San Juan de Dios y en el Hospital del Tórax.

No me acostumbré a la vida en Estados Unidos y extrañaba mucho a Chile y a mi familia; pero no siendo aún aconsejable volver, a mediados de 1976 acepté un cargo como Jefe de Servicio en el Hospital-Sanatorio de Tarrasa, en Barcelona, mi ciudad natal, donde transcurrió mi quinta experiencia vital la que duró sólo seis meses, porque me llegó una oferta que no pude resistir.

En enero de 1977, fui nombrado Director Ejecutivo de la International Union Against Tuberculosis (IUAT), con sede en París. Durante dos años tuve la responsabilidad de colaborar con la Organización Mundial de la Salud en la Lucha Contra la Tuberculosis, en lo que sería mi sexta etapa de vida. Viajé a todos los continentes, contribuí a la organización de Programas de Control de la Tuberculosis en Tanzania y otros países de África, Asia y América Latina. Organicé Conferencias Regionales e Internacionales, como la XXIV World Conference de la IUAT, en Bruselas, en 1978, y enfrenté numerosos desafíos, como el de editar el International Journal of Tuberculosis en tres idiomas: inglés, francés y español, y ampliar las actividades de la IUAT para incluir al resto de las Enfermedades Respiratorias que posteriormente ha pasado a llamarse International Union of Tuberculosis and Lung Disease (IUATLD). Pero el alejamiento de la medicina clínica y el hecho de que un núcleo importante de mi familia se fuera reconcentrando en Chile, me hizo renunciar para volver a mi país de adopción a fines de 1978.

Mi vida había sufrido ya demasiados cambios y mi familia se había desmembrado. Me había divorciado de mi primera esposa, la Dra. Nieves Hernández Gómez y mis cuatro hijos estaban dispersos por el mundo. Primero María Cristina, la mayor, estudiante de Antropología en la Universidad de Chile, tuvo que emigrar junto a un compañero ecuatoriano a Quito donde se casó, terminó sus estudios universitarios y tuvo dos hijos. Yo emigré a Estados Unidos con mis dos hijos menores que aún estaban en el Liceo Manuel de Salas; María Isabel se casó en San Francisco donde sigue residiendo y Emilio me siguió a Barcelona donde continuó sus estudios secundarios porque no quiso acompañarme a París. Víctor se había quedado con mi hermano Rafael estudiando Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile. De modo que durante largos años cada uno de nosotros estaba en cinco países distintos: Ecuador, Estados Unidos, España, Francia y Chile.

A mi regreso, nadie se atrevía a contratarme. Por fin fui acogido por mis antiguos compañeros del Hospital San Juan de Dios en el Servicio de Medicina del Profesor Esteban Parrochia y reinicié, una vez más, mis actividades docentes en la Universidad de Chile. Durante esta séptima y espero última vida recibí una serie de reconocimientos que sería largo detallar: Presidente de la Sociedad Chilena de Enfermedades Respiratorias (1984-1986), Fellow del American College of Physicians (USA, 1987), Miembro de Número de la Academia de Medicina del Instituto de Chile (1988), Miembro del Comité de Expertos de la OMS en Tuberculosis y Enfermedades Respiratorias (Ginebra, Suiza 1982-1992), Maestro de la Especialidad de Enfermedades Respiratorias (Chile, 1993), Miembro de Honor de la International Union Against Tuberculosis and Lung Disease (París, Francia, 1998), Maestro de la Medicina Interna (Santiago, 2013), y Miembro Honorario de la Asociación Latinoamericana del Tórax (ALAT, 2016). Sólo me referiré, con algún detalle, a mi gestión como presidente de la Sociedad Chilena de Enfermedades Respiratorias.
Cuando asumí la presidencia de esta Sociedad no había una sede fija y nos reuníamos por turnos en los hospitales. Para los congresos anuales se contrataba una organización de eventos que se llevaba los aportes de los laboratorios. Tuve la buena fortuna de contar con la entusiasta colaboración de los Drs. Juan Carlos Rodríguez, Patricio González, Álvaro Undurraga y de la Dra. Eliana Ceruti. Lo primero que hicimos fue contratar a una buena secretaria, la Sra. Gabriela Schmidt, alquilamos una oficina en el edificio que se acababa de comprar la Sociedad Médica de Santiago y adquirimos un teléfono propio. Mi hermano Rafael, que ya era un próspero empresario nos donó el primer computador. Enseguida decidimos hacernos cargo de la organización del próximo Congreso Anual, negociamos buenos acuerdos con los laboratorios amigos y nos dedicamos a aumentar el número de socios. Así creamos las Secciones de Enfermería, Kinesiología y Tecnología Médica, organizamos diversas Jornadas y Cursos docentes en Santiago y reforzamos las Sedes de provincias, logrando terminar nuestra gestión con un saldo a favor de 3 millones de pesos de la época.

Desde el comienzo de mi carrera he publicado más de 200 artículos científicos o de divulgación, monografías o capítulos de libros. He participado y dirigido congresos médicos en Chile y en el extranjero y soy autor del libro “Tuberculosis”, que en su Segunda y Tercera Ediciones (esta última con la invaluable colaboración del Dr. José Antonio Caminero) ha sido profusamente distribuido en América Latina como libro de texto por la Organización Panamericana de la Salud. He sido editor de varias publicaciones médicas: Editor Fundador del Boletín del Hospital San Juan de Dios (1954-1966), del “Bulletin of the International Union Against Tuberculosis” (1977-1979), de la Sección Neumotisiología de la Revista Médica de Chile (1980-1986) y de la Sección Tuberculosis de la Revista Chilena de Enfermedades Respiratorias (1986 a la fecha).

Durante esta etapa de mi séptima vida pude rehacer mi vida sentimental casándome con la Dra. Eliana Ceruti Danús, quien me ha dado la estabilidad emocional que tanto necesitaba. Actualmente sigo haciendo docencia ad honorem en el Hospital San Juan de Dios y en el Instituto Nacional del Tórax y continúo como Asesor del Programa de Control de Tuberculosis del Ministerio de Salud. Estoy agradecido de la vida, de Chile, de todos mis compañeros de trabajo, de muchos colegas de otros países y, especialmente de mi familia, que ha sido mi apoyo, mi razón de peregrinar y mi consuelo en los momentos de infortunio.

 

Me encantaría terminar mi Presidencia de la mejor manera posible, que los socios reconozcan mis aportes a ésta y conseguir una Sociedad que sea unida y que trabajemos por una mejor salud respiratoria para nuestro País. En ese sentido a la Sociedad le corresponde liderar esta conducción y, en ella, todos los socios son miembros valiosos que deben sumarse a este desafío.

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